Carancho de metal
que acechas desde el cielo.
Carancho de metal
no tires más veneno.
Carancho de metal,
soldado de la muerte.
Carancho de metal
no enfermes a la gente.
Somos una isla en medio de este verde mar.
Queremos salir al campo y respirar
¡Aire puro!
Venimos de bien adentro
zumbando en los oídos,
gritando nuestra bronca
a aquel que está dormido.
La suerte ya está echada
y el viento a nuestro favor,
venimos de tierra adentro
cantando este dolor.
La codicia es un gusano
que pudre el corazón,
no se cura el hambre del mundo
envenenando la flor.
Sepan que el dinero
no cambiará sus suertes
cuando el corazón se apague
en un planeta inerte.
Carancho de metal
no somos tu carroña.
Carancho de metal
no escupas tu ponzoña.
Somos una isla en medio de este verde mar.
Queremos salir al campo y respirar
¡Aire puro!
¡Ana Zabaloy!
¡Presente!
La idea surge en la escuela rural "Los Corralitos", una de las problemáticas ambientales que tiene es la fumigación con agrotóxicos en la zona lindante a su edificio, la cual se realiza muchas veces sin respetar las normas. Estas normas no son más que un paliativo para que estas prácticas no impacten directamente en la salud de alumnos y docentes.
El carancho es un ave rapaz y oportunista que puede alimentarse de carroña, con frecuencia se le puede observar comiendo animales que han sido atropellados en la carretera. En su vuelo alterna aleteos con planeos en círculos. Suele bajar a tierra con frecuencia y caminar más que otras aves rapaces.
Los niños, utilizando metáforas y otros recursos literarios, así como también imágenes sensoriales, cuentan esta historia en la que comparan al ave con las herramientas que se utilizan para la fumigación de los campos (aviones y pulverizadores, mosquitos), de este modo nace “Carancho de metal”.
Sobre el final de la canción se oye el nombre de Ana Zabaloy, maestra rural y psicopedagoga, que luchaba contra la fumigación con agroquímicos cerca de las escuelas y había denunciado cómo se deterioraba la salud de sus alumnos por culpa del uso de glifosato. Ana falleció afectada por una serie de enfermedades provocadas por la agresión permanente de estos venenos. Su lucha hoy continúa en nuestras voces.
Películas
Una canción para mi tierra
Amazonía
Talleres
Quiero colaborar
Carancho de metal
que acechas desde el cielo.
Carancho de metal
no tires más veneno.
Carancho de metal,
soldado de la muerte.
Carancho de metal
no enfermes a la gente.
Somos una isla en medio de este verde mar.
Queremos salir al campo y respirar
¡Aire puro!
Venimos de bien adentro
zumbando en los oídos,
gritando nuestra bronca
a aquel que está dormido.
La suerte ya está echada
y el viento a nuestro favor,
venimos de tierra adentro
cantando este dolor.
La codicia es un gusano
que pudre el corazón,
no se cura el hambre del mundo
envenenando la flor.
Sepan que el dinero
no cambiará sus suertes
cuando el corazón se apague
en un planeta inerte.
Carancho de metal
no somos tu carroña.
Carancho de metal
no escupas tu ponzoña.
Somos una isla en medio de este verde mar.
Queremos salir al campo y respirar
¡Aire puro!
¡Ana Zabaloy!
¡Presente!

La idea surge en la escuela rural "Los Corralitos", una de las problemáticas ambientales que tiene es la fumigación con agrotóxicos en la zona lindante a su edificio, la cual se realiza muchas veces sin respetar las normas. Estas normas no son más que un paliativo para que estas prácticas no impacten directamente en la salud de alumnos y docentes.
El carancho es un ave rapaz y oportunista que puede alimentarse de carroña, con frecuencia se le puede observar comiendo animales que han sido atropellados en la carretera. En su vuelo alterna aleteos con planeos en círculos. Suele bajar a tierra con frecuencia y caminar más que otras aves rapaces.
Los niños, utilizando metáforas y otros recursos literarios, así como también imágenes sensoriales, cuentan esta historia en la que comparan al ave con las herramientas que se utilizan para la fumigación de los campos (aviones y pulverizadores, mosquitos), de este modo nace “Carancho de metal”.
Sobre el final de la canción se oye el nombre de Ana Zabaloy, maestra rural y psicopedagoga, que luchaba contra la fumigación con agroquímicos cerca de las escuelas y había denunciado cómo se deterioraba la salud de sus alumnos por culpa del uso de glifosato. Ana falleció afectada por una serie de enfermedades provocadas por la agresión permanente de estos venenos. Su lucha hoy continúa en nuestras voces.
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