Patricio Villarejo
"Participar en Canciones Urgentes para mi tierra fue, ante todo, un acto de escucha.
Escuchar a un maestro rural que entendió que educar también es sembrar sensibilidad. Escuchar a los chicos, que todavía saben nombrar el mundo sin cinismo. Escuchar a la tierra misma, que desde hace tiempo viene pidiendo que la oigamos de otra manera.
En un tiempo donde todo parece acelerarse hasta volverse ruido, estas canciones nacen en el lugar más verdadero: el aula, ese territorio donde el futuro todavía está abierto y puede imaginarse distinto.
Lo extraordinario de este proyecto no es solamente la magnitud —cientos de artistas reunidos desde distintas geografías— sino su origen. Aquí la música no fue pensada como un adorno ni como entretenimiento: fue herramienta, puente, conciencia. Fue comunidad.
Hay algo profundamente conmovedor en que muchos de estos chicos pertenezcan a familias ligadas al trabajo de la tierra. Que sean ellos quienes levanten la voz no desde la confrontación, sino desde el arte, nos recuerda que las transformaciones más duraderas suelen comenzar donde casi nadie está mirando.
Todavía estamos a tiempo —parecen decirnos estas canciones urgentes—, pero ese tiempo se mide en gestos concretos, en decisiones cotidianas, en la forma en que elegimos habitar el mundo.
Cuando Ramiro me llamó respondí sin dudarlo. Y nunca dije que no, siempre podría hacerme tiempo para trabajar en esto. Ser parte de esta obra es creer que la música puede seguir siendo un espacio de encuentro y de sentido. Que una canción aún puede abrir preguntas, despertar ternura, incomodar certezas y, sobre todo, ayudarnos a recordar que no estamos separados de la naturaleza: somos parte de ella.
Ojalá estas canciones viajen lejos. Ojalá encuentren oídos atentos.
Pero, sobre todo, ojalá nos transformen.
Porque cuando los chicos cantan, el futuro deja de ser una idea abstracta y se vuelve una voz presente que nos llama. Y esa voz —ahora más que nunca— merece ser escuchada".
Patricio Villarejo
"Participar en Canciones Urgentes para mi tierra fue, ante todo, un acto de escucha.
Escuchar a un maestro rural que entendió que educar también es sembrar sensibilidad. Escuchar a los chicos, que todavía saben nombrar el mundo sin cinismo. Escuchar a la tierra misma, que desde hace tiempo viene pidiendo que la oigamos de otra manera.
En un tiempo donde todo parece acelerarse hasta volverse ruido, estas canciones nacen en el lugar más verdadero: el aula, ese territorio donde el futuro todavía está abierto y puede imaginarse distinto.
Lo extraordinario de este proyecto no es solamente la magnitud —cientos de artistas reunidos desde distintas geografías— sino su origen. Aquí la música no fue pensada como un adorno ni como entretenimiento: fue herramienta, puente, conciencia. Fue comunidad.
Hay algo profundamente conmovedor en que muchos de estos chicos pertenezcan a familias ligadas al trabajo de la tierra. Que sean ellos quienes levanten la voz no desde la confrontación, sino desde el arte, nos recuerda que las transformaciones más duraderas suelen comenzar donde casi nadie está mirando.
Todavía estamos a tiempo —parecen decirnos estas canciones urgentes—, pero ese tiempo se mide en gestos concretos, en decisiones cotidianas, en la forma en que elegimos habitar el mundo.
Cuando Ramiro me llamó respondí sin dudarlo. Y nunca dije que no, siempre podría hacerme tiempo para trabajar en esto. Ser parte de esta obra es creer que la música puede seguir siendo un espacio de encuentro y de sentido. Que una canción aún puede abrir preguntas, despertar ternura, incomodar certezas y, sobre todo, ayudarnos a recordar que no estamos separados de la naturaleza: somos parte de ella.
Ojalá estas canciones viajen lejos. Ojalá encuentren oídos atentos.
Pero, sobre todo, ojalá nos transformen.
Porque cuando los chicos cantan, el futuro deja de ser una idea abstracta y se vuelve una voz presente que nos llama. Y esa voz —ahora más que nunca— merece ser escuchada".